Siempre supe que era diferente, y aceptar ese hecho, ha resultado ser toda una vida.
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Todo lo que vemos queda en el subconsciente. Las imágenes valen más que mil palabras, pues éstas últimas hay que desglosarlas, así que hacen por mil conceptos como mínimo, pero cuando se juntan, cualquiera sabe cuántas relaciones conceptuales nos están mostrando. Por eso leer cuesta tanto para algunos: cansa. Una imagen, vale eso, aparentemente, es decir, de forma inconsciente e instantánea, y de eso se valen para manipular nuestras mentes. Cómo ocurre, pues, en razón de lo que las imágenes que nos bombardeen en la retina, el cerebro crea un juicio instintivo. Este juicio instintivo se almacena como de nivel básico, es decir, de rápida intervención. Así, si vemos en la realidad una imagen que contrasta con la nuestra, ya está servido el prejuicio innato (que en este caso no significa que nazcamos con él, sino que está inculcado como innato en su valor de "inmediatez", y no con la marca "de nacimiento"). Si se nos presenta un candidato con mandíbula cuadrada, perfiles angulosos, corte alargado y sonrisa esplendorosa, asumiremos instintivamente su capacidad para el liderazgo y la protección. Los ojos azules nos muestran la dulzura, la ternura. Lo buenos van de blanco. Los malos de negro o rojo. Las canas dan confianza. Etc., etc., etc., etc. Y todo está ahí. Un dictamen tan antiguo como la noche como habitual a todas las culturas antiguas dice "ojos que viajan y ven, ojos que son sabios". Esa es la cuestión, ver con nuestros ojos y juzgar con nuestra mente las imágenes para discriminar sus prejuicios innatos. Por eso, igualmente, se nos da la sensación de que la apariencia casi siempre engaña, puesto que depende mucho de los prejuicios visuales a los que estamos sometidos cotidianamente.
